Es uno de los asuntos que más está dando que hablar estos días, por no decir que es el gran asunto que tendremos que resolver o regular más pronto que tarde. Escribimos a raíz de las reclamaciones realizadas por representantes de nuestra industria musical durante el Primavera Sound de Barcelona que han vuelto a situar en el centro del debate una cuestión clave para el futuro del sector: cómo garantizar que autores, compositores y artistas participen en el valor económico generado por las herramientas de inteligencia artificial entrenadas con sus obras. Más allá de la tecnología, la discusión afecta al modelo de negocio de la música y a la sostenibilidad de todo el ecosistema creativo.
Durante años, el debate sobre la inteligencia artificial aplicada a la música se ha centrado en una pregunta aparentemente sencilla: ¿puede una máquina crear canciones? Sin embargo, mientras la tecnología avanza a una velocidad vertiginosa, la industria musical empieza a plantearse una cuestión mucho más importante: ¿quién va a cobrar por ellas?
La reciente reclamación de compañías discográficas, editoriales musicales y organizaciones de gestión de derechos durante el Primavera Sound ha puesto sobre la mesa un asunto que afectará al futuro económico de todo el sector. No se trata únicamente de proteger la creatividad humana. Se trata de determinar cómo se repartirá el valor económico generado por una tecnología que se ha desarrollado utilizando millones de obras musicales creadas por compositores, productores e intérpretes durante décadas.
El nuevo petroleo de la música son los datos. Las plataformas de inteligencia artificial necesitan enormes cantidades de información para aprender. En el caso de la música, esa información son canciones. Millones de grabaciones, letras, melodías, armonías y arreglos musicales han servido para entrenar algoritmos capaces de generar nuevas composiciones en cuestión de segundos. Desde la perspectiva tecnológica, estos datos son imprescindibles para el funcionamiento de los modelos. Desde la perspectiva de la industria musical, constituyen un activo económico de enorme valor que pertenece a autores, editoriales, productores y compañías discográficas. Por eso la discusión actual no gira únicamente en torno al copyright tradicional, sino alrededor de una nueva economía de los datos creativos. Hay estudios que avanzan que la IA podría reducir hasta un 28% los ingresos por derechos de autor musicales para el año 2028. Esto supondría una pérdida de alrededor de 100 millones de euros solo ese año, y un acumulado de entre 160 y 180 millones en el periodo 2025-2028.
El mensaje que están lanzando los principales actores del sector es claro: si las empresas tecnológicas obtienen ingresos gracias a sistemas entrenados con música protegida, los titulares de esos derechos deben participar también en los beneficios generados. La situación recuerda a otros momentos de transformación de la industria musical. Ocurrió con la radio, la televisión, las plataformas de streaming…Cada nueva tecnología obligó a renegociar los mecanismos de remuneración para los creadores. Obviamente, la inteligencia artificial parece destinada a seguir el mismo camino. La diferencia es que, en esta ocasión, la negociación afecta al propio proceso de aprendizaje de la tecnología y no únicamente a la explotación posterior de las obras.
El negocio hasta hoy ya lo conocemos. A partir de hoy lo tendremos que investigar pero estamos hablando de un mercado multimillonario en construcción donde las previsiones económicas sobre el mercado de la inteligencia artificial aplicada a la música apuntan a un crecimiento exponencial durante los próximos años. La pregunta que comienza a preocupar a los profesionales del sector es si ese crecimiento económico se producirá con la industria musical o a costa de ella. Si los modelos de IA generan valor utilizando repertorios construidos por generaciones de compositores y artistas, parece lógico que exista un sistema de licencias capaz de redistribuir parte de esa riqueza. No hacerlo supondría crear una paradoja económica: una tecnología que prospera gracias a la creatividad humana sin retribuir adecuadamente a quienes la hicieron posible.
Aunque el debate suele presentarse como un conflicto jurídico sobre derechos de autor, en realidad estamos ante una cuestión económica de primer orden. Lo que se está negociando es el modelo de negocio de una nueva etapa de la industria musical. Las decisiones que se adopten durante los próximos años determinarán cómo se remunera la creación, qué papel desempeñarán las entidades de gestión, cómo se licenciarán los catálogos y qué parte del valor generado por la inteligencia artificial regresará a los artistas y compositores.
La inteligencia artificial no es el enemigo de la música, como tampoco lo debería haber sido la aparición de Internet para las discográficas. De hecho, puede convertirse en una herramienta extraordinaria para la creatividad, la producción y el desarrollo de nuevos formatos. Pero para que esa innovación sea sostenible necesita apoyarse sobre un principio básico: quienes aportan el contenido que alimenta estos sistemas deben formar parte del modelo económico resultante.
La industria musical no está intentando frenar la innovación. Está reclamando algo mucho más razonable: participar en el valor que contribuye a generar. Porque detrás de cada algoritmo capaz de crear una canción existe una realidad incuestionable: miles de compositores, artistas y productores que escribieron primero las canciones de las que aprendió la máquina. Y el futuro de la música dependerá, en gran medida, de cómo se resuelva esa ecuación.
En doscondos creemos que la innovación y la creatividad deben avanzar de la mano. La inteligencia artificial puede aportar nuevas oportunidades para la industria musical, pero su desarrollo debe construirse sobre principios de transparencia, reconocimiento y remuneración justa para quienes crean las canciones que dan sentido a todo el sistema.
Artículo de Fernando Sánchez Luque









